35. Con tan solo siete años me atropellaron en la calle Sepúlveda 67, cerca de casa. Mi madre acababa de salir del estanco de comprar unos sellos y yo vi a mi abuela enfrente, al otro lado de la calle. Las aceras del barrio apenas tenían medio metro por lo que en apenas un segundo ya estaba en la calzada, siendo arrollada. El mismo conductor, con lágrimas en los ojos, nos llevó hasta el hospital. Solo recuerdo tener los brazos y la clavícula escayolados, sin poderlos mover, colgando de unas grises poleas. Y comer mucho helado.
De esta casa nos mudamos un año más tarde, porque era pequeña y de alquiler. Pero nunca se me olvidaron el montón de escaleras que había que subir desde la calle donde estaba el estanco y el ultramarinos de Eugenio hasta nuestro piso. Seguro que había más de sesenta escalones y yo los subía y bajaba cada dos por tres. La tiendita de Eugenio tenía de todo, y allí iba todo el barrio a comprar fiado. A primeros de mes, como un reloj, había que pagar a Eugenio lo que te iba apuntando con un lápiz grueso de carpintero en su sucio cuadernito de hojas amarillentas. La cuenta te la echaba en el mostrador y siempre me sorprendía la rapidez con la que sumaba todos esos números que hacían filas infinitas, unos debajo de otros.
36. Cuando mis padres se casaron, se fueron a vivir a uno de los dos bloques nuevos del barrio. Todo alrededor eran casas viejas sin suministro de agua, por lo que aún se iba a la fuente con las cántaras a cuestas. Mi madre había vivido en una de ellas desde pequeña. En cuanto aparecía la primavera, sucedían dos eventos inevitables en el barrio. Las casas se encalaban, tratando de espantar la mugre y las calles se iban llenando de sillas al caer el sol. Todos los niños del barrio jugaban sin apenas luz mientras los mayores charlaban a la fresca. Ese trajín diario de viejas sillas de madera duraba hasta que se dejaba sentir el otoño.
En aquella época rompía las calzadas del barrio el tren de vía estrecha que los muchachos cogían al tope para bajar hasta el Manzanares para refrescarse la calor. Al otro lado un inmenso descampado era la delicia de los chicos sobre todo cuando nevaba, porque se podía jugar muy bien a la guerras de nieve y porque tenía cuestas estupendas para deslizarse sobre cartones. Mi madre dice que en el barrio se sentía libre y feliz.
