15 ene 2026

Leche en polvo americana

37. Mi madre recordaba muy bien su infancia feliz, aunque llena de escaseces. Le gustaba hablar de ella. Se acordaba del tren de vía estrecha, que se cogía al tope cuando volaba bajando la cuesta Castañeda, en Madrid. Se acordaba de las viejas y sencillas cantinelas cuando un buen montón de niños acudían a la puerta de la iglesia para pedir a algunas monedas a los padrinos de los bautizos, como si hubiera sucedido ayer...

"Padrino cagao, si cojo al chiquillo le echo al tejao"

"Eche, eche, eche, que no se lo gaste en leche"

"Que no lo gaste, el padrino en vino"


Me contó una vez que su colegio era de monjas, solo para niñas y que lo odiaba. Por las mañanas las hacían ponerse en fila y rezar un Ave María, las cabezas gachas y el frío en el cuerpo. A mediodía las obligaban a beber leche en polvo americana que sabía asquerosa aunque mi madre le pusiera un poquito de azúcar que traía a escondidas de su casa. El día que las monjas no la miraban, volcaba su vaso de leche al ficus del patio. 



Aprendió a bordar, a coser y algo de cultura general. Cada cierto tiempo, ponían una banda de color en una ceremonia sencilla a las niñas que mejores notas tenían. Ella logró una vez ganar una de esas codiciadas bandas, pero por ser muy revoltosa las monjas no se la dieron. Cuando llegó a su casa, dolida y orgullosa, se cosió su propia banda con un trozo de trapo y estuvo todo el día paseándose con ella. 

"Pese a las monjas, pese a la leche y las penurias, fueron buenos tiempos", eso me dijo.

22 ago 2024

Sepúlveda

 35. Con tan solo siete años me atropellaron en la calle Sepúlveda 67, cerca de casa. Mi madre acababa de salir del estanco de comprar unos sellos y yo vi a mi abuela enfrente, al otro lado de la calle. Las aceras del barrio apenas tenían medio metro por lo que en apenas un segundo ya estaba en la calzada, siendo arrollada. El mismo conductor, con lágrimas en los ojos, nos llevó hasta el hospital. Solo recuerdo tener los brazos y la clavícula escayolados, sin poderlos mover, colgando de unas grises poleas. Y comer mucho helado. 

De esta casa nos mudamos un año más tarde, porque era pequeña y de alquiler. Pero nunca se me olvidaron el montón de escaleras que había que subir desde la calle donde estaba el estanco y el ultramarinos de Eugenio hasta nuestro piso. Seguro que había más de sesenta escalones y yo los subía y bajaba cada dos por tres. La tiendita de Eugenio tenía de todo, y allí iba todo el barrio a comprar fiado. A primeros de mes, como un reloj, había que pagar a Eugenio lo que te iba apuntando con un lápiz grueso de carpintero en su sucio cuadernito de hojas amarillentas. La cuenta te la echaba en el mostrador y siempre me sorprendía la rapidez con la que sumaba todos esos números que hacían filas infinitas, unos debajo de otros. 



36.  Cuando mis padres se casaron, se fueron a vivir a uno de los dos bloques nuevos del barrio. Todo alrededor eran casas viejas sin suministro de agua, por lo que aún se iba a la fuente con las cántaras a cuestas. Mi madre había vivido en una de ellas desde pequeña. En cuanto aparecía la primavera, sucedían dos eventos inevitables en el barrio. Las casas se encalaban, tratando de espantar la mugre  y las calles se iban llenando de sillas al caer el sol. Todos los niños del barrio jugaban sin apenas luz mientras los mayores charlaban a la fresca. Ese trajín diario de viejas sillas de madera duraba hasta que se dejaba sentir el otoño. 

En aquella época rompía las calzadas del barrio el tren de vía estrecha que los muchachos cogían al tope para bajar hasta el Manzanares para refrescarse la calor. Al otro lado un inmenso descampado era la delicia de los chicos sobre todo cuando nevaba, porque se podía jugar muy bien a la guerras de nieve y porque tenía cuestas estupendas para deslizarse sobre cartones. Mi madre dice que en el barrio se sentía libre y feliz. 


10 jun 2024

Mírame

 Mírame bien, mírame,

 te quiero.


Aunque la luz se apague,

aunque no sientas mi voz,

no me marcharé.


Yo estaré, yo estaré

a tu lado.


En silencio, en ese instante

en que la tarde lleva tu nombre,

y sin importar la física, 

te prometo desembocar en tu piel.



Sacramental de San Justo. ©Foto propia.



29 mar 2024

Doré

34. Pocas veces me contaron cosas sobre los comienzos. Nunca parecía haber tiempo para recordar el pasado, ya lo sabes. Cierro los ojos y me llegan retazos de ideas, imágenes en blanco y negro que huelen ya seniles, añosas y cansadas. 
El cine Doré es una de ellas. 


Cine Doré (imagen de internet)


Mi padre de niño, en los sesenta, tuvo que vivir con su abuela, en la plaza de Santa Ana, por lo que el cine Doré le quedaba muy cerca de su casa. Una vez pagabas la entrada (costaba una peseta en aquel entonces) ya tenías libertad de entrar a cualquier sala e ir hilvanando película tras película sin fin. Le llamaban el palacio de las pipas. Treinta años más tarde, en los noventa, cuando todavía no conocía esta historia, yo pasaba las tardes de los veranos de la misma manera. Es curioso como se hilvanan los destinos. Nada me parecía mejor que empezar la tarde de los viernes lluviosos y fríos en algún café de Lavapiés, desplegar la carta inmensa del cine Doré y comprobar que había un ciclo dedicado a Buñuel, Bergman, Welles o Godart. Entrabas a las cinco o las seis de la tarde, veías un par de películas y salías con la sensación de que el mundo era finito, ceñido apenas a los metros que ocupaba una sala de cine. En los meses de verano habían habilitado en el jardín interior de los Doré un cine de verano. Tomabas una silla plegable de incómoda madera del montón y te sentabas en un ritual solo para iniciados a esperar que la pantalla te hiciera olvidar que estabas en medio de la ciudad. Coleccionaba las entradas, coleccionaba las hojas de la programación y siempre que había algún cumpleaños podías encontrar algún libro interesante en un pequeño cuartucho que hacía las veces de tienda de cine para despistados y obsesivos del séptimo arte. Tengo un recuerdo vívido de esas tardes. Me sentía peculiar e interesante, ya ves, tratando de desentrañar la partida de ajedrez entre la muerte y Antonius o riendo con la secuencia de la última cena en Viridiana. El mundo se me quedaba pequeño, como a cualquier adolescente curioso. 

Me pregunto si dentro de diez años descubrirás el Doré, como lo descubrió tu abuelo, tu padre o yo, cada uno braceando dentro de su propio relato, buscando el sentido del guion que nos ha tocado, de esta ficción en la que nos movemos.













* El Salón Doré, en la calle Santa Isabel 3, fue la primera sala en proyectar una película en España y lo hizo a finales de 1912. Tuvo planta baja, dos pisos de altura con palcos, jardín interior y saloncito para fumadores.