37. Mi madre recordaba muy bien su infancia feliz, aunque llena de escaseces. Le gustaba hablar de ella. Se acordaba del tren de vía estrecha, que se cogía al tope cuando volaba bajando la cuesta Castañeda, en Madrid. Se acordaba de las viejas y sencillas cantinelas cuando un buen montón de niños acudían a la puerta de la iglesia para pedir a algunas monedas a los padrinos de los bautizos, como si hubiera sucedido ayer...
"Padrino cagao, si cojo al chiquillo le echo al tejao"
"Eche, eche, eche, que no se lo gaste en leche"
"Que no lo gaste, el padrino en vino"
Me contó una vez que su colegio era de monjas, solo para niñas y que lo odiaba. Por las mañanas las hacían ponerse en fila y rezar un Ave María, las cabezas gachas y el frío en el cuerpo. A mediodía las obligaban a beber leche en polvo americana que sabía asquerosa aunque mi madre le pusiera un poquito de azúcar que traía a escondidas de su casa. El día que las monjas no la miraban, volcaba su vaso de leche al ficus del patio.
Aprendió a bordar, a coser y algo de cultura general. Cada cierto tiempo, ponían una banda de color en una ceremonia sencilla a las niñas que mejores notas tenían. Ella logró una vez ganar una de esas codiciadas bandas, pero por ser muy revoltosa las monjas no se la dieron. Cuando llegó a su casa, dolida y orgullosa, se cosió su propia banda con un trozo de trapo y estuvo todo el día paseándose con ella.
"Pese a las monjas, pese a la leche y las penurias, fueron buenos tiempos", eso me dijo.



